lunes, 4 de octubre de 2010

LA DOMESTICACIÓN DEL SER HUMANO




Tú no escogiste tu lengua, ni tu religión, ni tus valores morales: ya estaban ahí antes de que nacieras. Nunca tuvimos la oportunidad de elegir qué creer  y qué no creer. Nunca escogimos ni el más insignificante de estos acuerdos.  Ni siquiera elegimos nuestro propio nombre.
De niños no tuvimos la oportunidad de elegir nuestras creencias, pero estuvimos de acuerdo con la información que los demás nos trasmitieron del sueño del planeta.
La única forma de almacenar información es por acuerdo. El sueño externo capta nuestra atención, pero si no estamos de acuerdo, no almacenamos esa información. Tan pronto como estamos de acuerdo con algo, nos lo creemos, así es cómo aprendimos cuando éramos niños. Los niños creen todo lo que dicen los adultos. No escogimos estas creencias, y aunque quizás nos rebelamos contra ellas, no éramos lo bastante fuertes para que nuestra rebelión triunfase.
A través de esta “domesticación” aprendemos a vivir y a soñar. Día a día, en casa, en la escuela, en la iglesia y desde la televisión, nos dicen cómo hemos de vivir, qué tipo de comportamiento es aceptable. Tenemos todo un con concepto de lo que es una “mujer” y de lo que es “un hombre”.  Y también aprendimos  a juzgar: Nos juzgamos a nosotros mismos, juzgamos a otras personas, juzgamos a nuestros vecinos ….
Domesticamos a los niños de la misma manera que a nuestros perros o  nuestros gatos., con un sistema de premios y castigos. Nos decían “eres un niño bueno” o “eres una niña buena”. Cuando hacíamos lo que mamá y papá querían que hiciéramos. Cuando no lo hacíamos, éramos “una niña mala” o “un niño malo”.
Nos castigaban y nos premiaban muchas veces al día, pronto comenzamos a tener miedo de ser castigados y también de no recibir la recompensa, es decir la atención de nuestros padres y de los demás.
Cuando recibíamos el premio nos sentíamos  bien, y por ello, continuamos haciendo lo que los demás querían. Debido a este miedo a ser castigados y a no recibir la recompensa, empezamos a fingir que éramos lo que no éramos, con el único fin de complacer a los demás, de ser lo bastante bueno para otras personas. Empezamos a actuar para intentar complacer a papá y a mamá, a los profesores y a los amigos. Fingimos ser lo que no éramos por miedo al rechazo. Al final la personalidad falsa acabó sepultando a nuestra verdadera esencia. Nos  convertimos en una copia de las creencias de mamá, las creencias de papá, las creencias de la sociedad y de la religión.
La domesticación es tan poderosa que, en un determinado momento de nuestra vida, ya no necesitamos que nadie nos domestique. Estamos tan bien entrenados que somos nuestro propio domador. Ahora nos castigamos si no seguimos las reglas de nuestro sistema de creencias familiar.
Nuestro sistema de creencias es como el Libro de la Ley que gobierna nuestra mente. No es cuestionable,; cualquier cosa que esté en este libro es nuestra verdad personal. Basamos todos nuestros juicios en él. Aún cuando vayan en contra de nuestra naturaleza interior.
Cada ves que hacemos algo en contra de nuestro Libro de la Ley, nuestro Juez interior dice que somos culpables, que necesitamos un castigo, que debemos sentirnos avergonzados. Esto ocurre muchas veces al día, día tras día, durante todos los años de nuestra vida.
Cualquier cosa que vaya contra el libro de la ley hará que sintamos una extraña sensación en el plexo solar,  una sensación que se llama miedo. Incumplir las reglas del Libro de la Ley abre nuestras heridas emocionales, y reaccionamos creando veneno emocional.
¿Cuántas veces nos hacemos pagar por el mismo error? La respuesta es miles de veces.
Cada que vez  que recordamos un error nos culpamos de nuevo, nos autocastigamos, y también castigamos a los demás cada vez que rememoramos una ofensa, ¿ Es esto justicia?.
Nuestro juez interior está equivocado porque el sistema de creencias, el Libro de la Ley es erróneo. Todo se basa en leyes falsas. La mayoría de creencias que hemos almacenado sobre nosotros mismos y sobre el mundo que nos rodea son  mentira, y si sufrimos es porque creemos en todas ellas.
Toda nuestra mente es una bruma que los toltecas llamaron mitote. Nuestra mente es un sueño en el que miles de personas hablan a la vez y nadie comprende nada. Nos resulta verdaderamente imposible reconocer que somos nosotros los que construimos nuestro mundo a cada instante, ese ruido de fondo que es nuestra mente nos lo impide.
Esa es la razón por la cual nos resistimos a la vida. Lo reconozco: estar vivo es mi mayor miedo. No es la muerte; mi mayor miedo es arriesgarme a vivir: correr el riesgo de ser libre y de expresar lo que realmente soy. He aprendido a  vivir intentando satisfacer las exigencias de otras personas. He aprendido a vivir según el punto de vista de los demás por miedo a no ser aceptado, de no ser lo suficientemente bueno para ellos.
                                                                                                                                                
Al tratar de complacer a mis padres, cree una imagen en mi mente: “ el niño perfecto”, una idea de cómo debía ser si quería obtener su cariño, así que cada vez que esa imagen no coincide con lo que soy me rechazo y me resulta realmente imposible perdornarme por no ser quien se supone que debería ser. No puedo perdonarme por no ser perfecto.
El resultado es un sentimiento de falta de autenticidad y una necesidad de utilizar máscaras sociales para evitar que los demás se den cuenta. Nos da mucho miedo que alguien descubra que no somos lo que pretendemos ser.
Me deshonro a mí mismo sólo por complacer a otras personas, nadie en toda mi vida me ha maltratado más que yo mismo. El límite del maltrato que tolerarás de otra persona es exactamente el mismo al que te sometes tú. Si alguien te maltratata un poco menos de lo que sueles hacerlo tú, seguramente continuarás con esa relación y la tolerarás siempre.

No hay comentarios: