Encuentro nuestra civilización semejante a una gran granja de pollos, los pollos desde que nacen son separados de sus madres (la madre naturaleza), son aislados, alimentados artificialmente y preparados para que vivan en esas jaulas sin cuestionarse porqué están ahí, son domesticados para realizar siempre las mismas conductas, condicionados a seguir y ser fieles a “la mano que les dá de comer” que es la misma que les mantiene cautivos, sacrifican las alas que su madre les otorgó por la seguridad de picar tres veces al día en su comedero a ras del suelo, nunca llegarán a ser aquello para lo que nacieron: “aves”, en lugar de ello, se convertirán en copias defectuosas unos de otros.
Al final de su triste vida, estos pollos pasarán a ser una cifra más en la cadena de producción, sin huellas, nadie se acordará de que han transitado la existencia, llevados al matadero, terminarán con su vida de la misma forma aséptica cómo empezó.
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