sábado, 25 de septiembre de 2010

El primer paso


Alejandro Jodorowsky: Los discípulos creen que al obtener la mítica iluminación comenzarán a vivir en una total paz. Pero no es así: apenas se desmoronan los límites del yo individual, la mente transpersonal se da cuenta de la crueldad del mundo, de la injusticia social, de su anterior falta de responsabilidad, de la confusión intelectual y emocional en las que ha vivido, de la gran cantidad de compromisos negativos de los que debe desprenderse. Al obtenerse la iluminación comienza el intenso trabajo de remover los escombros, de expulsar a los vampiros, de pagar las deudas… Esta fábula puede ser útil para comprender mejor tal situación:
En aquella ciudad ninguna casa tenía ventanas. Las habitaciones eran cubos negros. ¡No se conocía la luz! La atmósfera contaminada formaba un escudo impenetrable a los rayos del sol. Los habitantes de ese mundo no tenían nariz. Sintiéndose felices, habitaban en la sombra, sólo preocupados de trabajar para llenarse la panza y satisfacer sus deseos sexuales. Un buen día apareció un anciano que gritaba: “¡Vendo lámparas y narices!” Un ciudadano que por ahí pasaba se sintió atraído por el brillo de los ojos del extranjero que relumbraban en el negro como dos luciérnagas. Compró una lámpara y se puso una nariz. Regresó a su cubículo. Apenas cerró la puerta, un insoportable olor se le metió por las fosas nasales para zaherir su cerebro. Encendió la lámpara. Lo que él creía una pieza hermosa, limpia, tranquila, era un nido de arañas, basura, alimentos podridos, muebles apolillados, capas de grasa, excrementos y ratas apestosas. ¡No pudo permanecer en ese asqueroso lugar! Recorrió las calles hasta encontrar al viejo. Le espetó: “¡Brujo desgraciado! ¿Que hizo con mi elegante mansión? Antes yo vivía bien, como todo el mundo, pero apenas me puse su nariz y prendí la lámpara, esos dos objetos cambiaron mi mundo. ¿Por qué tanta maldad?” El vendedor respondió: “¡Tu mundo no fue cambiado, es así! Antes no te dabas cuenta y creías estar bien en un sitio podrido que tarde o temprano te hubiera destruido. Cuando se adquieren nuevos órganos y se hace la luz, sufrimos porque nos vemos como realmente somos y no como imaginamos ser. Ahora que ya sabes cuál es tu realidad debes abrir ventanas, matar parásitos, limpiar paredes, desinfectar el lugar y serás feliz. ¡Entonces dale la lámpara y la nariz a otro ciudadano, hasta que la ciudad, limpia, se desprenda de su caparazón venenoso y entre, por fin, la luz del sol!”.
Toda toma de conciencia, al comienzo, acarrea dolor. El trabajo lo mitiga… Cuando un país vence a la mentira y se da cuenta de su crítica situación, sufre una crísis. Pero esta toma de conciencia le es necesaria para que, conociendo las fallas, elimine la corrupciòn.
 

miércoles, 8 de septiembre de 2010

Alejandro Jodorowsky



Me gustaría no sólo ver a pequeños grupos de jóvenes, sino a todos los ciudadanos del mundo manifestando contra las industrias nocivas que dañan nuestra salud y la salud del planeta. Hace treinta años, en Londres, un señor que fue marino durante la segunda guerra mundial, me contó esta anécdota:

En el puerto, un gusano trepó al barco y tejió su capullo. Nadie lo notó. Zarparon. Los días, en el desierto oceánico, se sucedían aburridos y grises, hilados por un monocorde olor salino. De pronto, en la infinita desolación, apareció una mariposa, agitando sus aterciopeladas alas entre los implacables cañones. Todos cesaron sus labores para vitorear al insecto. Pero las expresiones de alegría, poco a poco se fueron transformando en un silencio triste. Se habían dado cuenta que el animalillo estaba condenado a morir por falta de alimento. El revoloteo no era una danza eufórica sino desesperados aletazos de hambre. El cocinero corrió a la despensa para volver con un montón de azúcar. Otro aportó un trébol seco. Alguno hizo una flor con miga de pan. La mariposa, pegada a la lona de un bote salvavidas, como si posarse ahí expresara el deseo de todos los soldados por volver a sus hogares, agonizó lentamente. Cuando murió, la envolvieron en una pequeña bandera de seda y al son de una trompeta militar, le rindieron honores póstumos. Un marino, con la garganta apretada por el dolor, pronunció el sermón: “Ya sabemos que morir es nuestro destino, que nada de lo que hay en la Creación dejará de perecer, mas no nos entristece la muerte de esta mariposa, sino el hecho de que nunca conoció una flor. También estamos tristes por nosotros mismos porque podemos ser exterminados antes de cumplir aquello para lo que nuestros cuerpos están programados: el goce intenso de un planeta que debería ser un paraíso. Desde que nacemos, nos encontramos en un navío sórdido navegando a través del desierto. Ya ningún ser humano nace en la felicidad que le corresponde. Hemos estado en guerra contra la naturaleza y lo hemos arruinado todo. Nuestros hijos llegarán en medio del hambre, la erosión y la violencia, como mariposas condenadas a nunca encontrar el alimento que les corresponde. ¿Por qué tenemos que irnos de este mundo con hambre y sed de amor?”.
Arrojaron la mariposa al mar como si fuese un compañero caído en la batalla… Cierto es que he contado esta historia en forma literaria pero, lo puedo asegurar, sucedió realmente. El caballero londinense, como todo inglés, contuvo su emoción, pero noté que sus ojos se humedecían más de lo normal.

sábado, 4 de septiembre de 2010

Disertaciones desde la noche

Encuentro nuestra civilización semejante a una gran granja de pollos, los pollos desde que nacen son separados de sus madres (la madre naturaleza), son aislados, alimentados artificialmente y preparados para que vivan en esas jaulas sin cuestionarse porqué están ahí, son domesticados para realizar siempre las mismas conductas, condicionados a seguir y ser fieles a “la mano que les dá de comer” que es la misma que les mantiene cautivos, sacrifican las alas que su madre les otorgó por la seguridad de picar tres veces al día en su comedero a ras del suelo, nunca llegarán a ser aquello para lo que nacieron: “aves”, en lugar de ello, se convertirán en copias defectuosas unos de otros.
Al final de su triste vida, estos pollos pasarán a ser una cifra más en la cadena de producción, sin huellas, nadie se acordará de que han transitado la existencia, llevados al matadero, terminarán con su vida de la misma forma aséptica cómo empezó.