Hora punta en plaza Cataluña, el sol no consigue traspasar las nubes, la humedad agrieta hasta las paredes de los edificios, el aire sucio me golpea en los pulmones, un torrente de gente circula condicionado por el tráfico con un impulso mecánico, cegador. Cojo aire cómo si fuera ésta la última vez que respirara antes de descender a las profundidades del subsuelo
Esparcidos por el suelo borrachos duermen dentro de su saco, la luz artificial y el ruido de los pasos no parece molestarles. Mientras atravieso un túnel interminable no puedo evitar observar los rostros de aquellos con los que me cruzo, todos tienen algo común en su expresión, siento que no están aquí, al menos en este momento. El túnel se me hace eterno e insoportable, me angustia la soledad de este túnel, tan lleno de gente pero tan vacío de consciencia, en las profundidades del subsuelo
Oigo el chirrido metálico del metro, sin tener ninguna prisa me encuentro a mí mismo corriendo cómo los demás. Un timbre avisa que implacable, continuará y corro más rápido. Los demás abandonan, demasiado lejos, yo persisto en el intento, en un último esfuerzo salto hacia la puerta que ya comienza a cerrarse, un hombre pone el brazo y logro introducirme dentro, ¡gracias amigo! Le digo lleno de gran valor por mi hazaña exhibida ante tanta gente, busco meticulosamente algún asiento libre y lo encuentro, Vaya hoy debo estar de suerte, en las profundidades del subsuelo
Un silencio casi cómico invade el ambiente, acecho las miradas: una abuelita otea el infinito con ojos del pasado, una mujer avergonzada porque su hijo pequeño la interroga absurdamente, un hombre de traje oscuro muy serio relee la misma página de su periódico, otro hombre serio intenta disimular sus tics nerviosos, escondiéndose en la misma ventana dónde descansa apoyada una mujer de tez morena, tal vez soñando con desaparecer y volver a su país. Unas adolescentes nerviosas se ríen compulsivamente, a su lado, un chico que parece disfrazado escucha reggaeton a todo volumen con su móvil convertido en MP4, enfrente una mujer mayor resopla e intenta condenarlo con su mirada. No encuentro respuesta a mis gritos, en este vagón lleno de gente nadie parece reparar en la existencia del otro, universos que no entrarán nunca en contacto, de nuevo me sobreviene la angustia, espero que falte poco, quiero bajarme, en las profundidades del subsuelo
Pero entonces te descubro en un asiento, tu imagen se hace nítida en mi retina, vestida de mil colores resaltas sobre el fondo oscuro. Tu silencio es diferente, trasmite más que mil palabras, única estrella en mi soledad nocturna, ¡cuántos misterios encierras en esa mirada! Estás cómo ausente y sin embargo llena de mi alma, me estoy mirando en tus ojos y por fin consigo reflejar mi rostro. Oh, mujer sigue muda para siempre, no deshagas el hechizo, una luz brillante inunda este espacio, en las profundidades del subsuelo.
Y rompí esta nota y se la dí, junto con mi número de teléfono
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1 comentario:
Ya ves, el metro puede ser a veces muy aburrido y otras todo un mundo. Eso depende de los ojos que lo observen... Eso si, son pocas las veces que toca la lotería y aprece una nínfula así. Hace mucho más feliz mirarla a ella que a cualquier monumento histórico.
Hace tiempo que me voy pasando por tu blog, pero antes no había dejado huella. Me gusta lo que dices, la verdad.
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