miércoles, 3 de diciembre de 2008

A PROPÓSITO DE BOLONIA

UN CUENTO DE LA UNIVERSIDAD

El invierno trajo un viento renovado, cargado de ilusiones y esperanzas de futuro. Los estudiantes parecían sumidos en un mal sueño, condenados a vagar sin pena ni gloria por la universidad, como consumidores de formación que una vez han digerido el servicio solicitado desaparecen dejando el escenario solo y oscuro.

Pero esta vez habían decidido convertirse en actores del cambio para no dejar a la universidad sola en la estacada, en manos de empresarios sin escrúpulos que pretendían mercantilizarla, nadie mejor que los estudiantes comprendía la universidad, en ella han pasado lo mejor de sus vidas, aquellos que la abandonan suspiran por volver, comprensible si tenemos en cuenta que la precariedad laboral acecha a la salida.


Por eso los estudiantes creían tener el derecho a decidir sobre su futuro, y para cuidar aquello que más amas, que mejor forma hay que pasar las noches junto a ella, compartiendo esos momentos íntimos que hacen de la vida algo realmente bello.

Así que por primera vez en muchísimos años la universidad volvió a estar contenta por que los estudiantes de verdad vivían junto a ella, que hermosa estaba adornada con esos carteles de colorines, paneles dibujados a mano con tanto cariño y dedicación, que orgullosa se sentía de servir de cobijo en esas noches heladas, de sus pasillos repletos de sacos, esterillas, mochilas y mantas. Y durante el día se formaban verdaderas clases democráticas en ella, dónde profesores y alumnos eran iguales, y los contenidos de verdad interesaban a todos, que alegría ver a esos jóvenes estudiantes trabajando juntos, recuperando valores cómo la solidaridad o la cooperación que habían quedado en el olvido por culpa de la competitividad y el egoísmo que el capitalismo imponía.


Antes, su vida resultaba gris y aburrida, todos los días eran iguales, estudiantes que entraban a clase, guardaban silencio, el profesor repetía esa monserga que estaba escrita en los libros, los estudiantes asentían, se acababan las clases, y se iban a sus casas.

Pero ahora sin embargo, cada día resultaba una aventura nueva y misteriosa, de repente una comisión de estudiantes disfrazados interpretaba un teatro, otra inventaba canciones sobre el plan de Bolonia, mientras una tercera se reunía en asamblea para decidir como se reciclaría la comida de la semana. Era increíble ver como se autogestionaban sin necesidad de burocracia, ni funcionarios, y es que cuando se hace algo desde el corazón la creatividad aflora y el resultado siempre es positivo.


Y la lucha no ha hecho mas que empezar, porque si de verdad estamos unidos, si defendemos aquello en lo que creemos, les resultará muy difícil volver a manipularnos, a someternos, porque aquellos que han probado vivir en comunidad, que se han autogestionado, que han disfrutado de la creatividad y de la libre acción, no podrán volver a ser encerrados en ese mundo gris y aburrido que el capitalismo ha construido.