Hay algo que se omite sistemáticamente cuando se habla de la educación: la condición ilusa de los estudiantes. La discusión, en casi todos los ámbitos se centra en la oposición educación pública/ privada, (la privada parece ser la única que nos esperará tras la implantación de Bolonia). Sin llegar a cuestionar los términos previos en los que tendríamos que centrar la crítica.
Habría que cuestionar, de entrada, la condición del estudiante, y su colaboración con las instituciones que van a definir su tránsito hacia un mercado de trabajo que le espera con las manos abiertas para echárselas al cuello.
El estudiante en este país sufre la endeblez mental suficiente como para tragarse la fórmula básica de la economía política educacional: a una mayor inversión en estudios (prácticas, master, tecnología) le sigue una mejor inserción laboral. Quizás esta supuesta ley se cumpla cuando previamente se cuenta con la posibilidad de una inversión en estudios duradera, y de los contactos necesarios como para hacer valer los títulos conseguidos.
Como ahora una licenciatura ya no aporta la seguridad de conseguir un empleo acorde a lo estudiado, la lógica del estudiante es: seguiré haciendo master y cursos de postgrado para estar más cualificado. Perpetuarse como eterno estudiante y vivir Acosta de la cartera de los papis, o malvivir a costa de trabajos basura de carácter temporal.
Lo que el estudiante ignora (o quiere ignorar) es que no está disfrutando de un periodo de formación que le capacite para poder desarrollar un trabajo de su gusto, sino que se ha convertido en una mercancía más de la gran rueda capitalista. De esta forma la universidad se está convirtiendo (y con la implantación de Bolonia será el paso definitivo) en una empresa más que trata de sacar el máximo beneficio de sus estudiantes.
En esta asociación lucrativa Universidad-Empresa el estudiante es la mercancía que siempre sale perdiendo. La empresa demanda el abultamiento del periodo formativo del estudiante (con licenciaturas, postgrados, master, especialidades puede alcanzar fácilmente los 10 años) para que la universidad sace un tajada muy rentable, y mientras la universidad provee a las empresas de jugosos estudiantes dispuestos a ocupar todo su tiempo en realizar prácticas sin recibir ningún tipo de remuneración a cambio.
El estudiante en definitiva, es un trabajador “miserable”, que vive en una ilusión de no serlo, amparado en un paréntesis mitológico que toma el nombre de periodo de formación.
El individualismo asocial ha calado profundamente en la conciencia del estudiante, que es incapaz de formar un colectivo de clase que defienda sus propios intereses. Este cuestionamiento colectivo se diluye siempre en un magma de opciones personales y de competitividad. La única práctica colectiva generalizada se da en la necesidad imperiosa de recreo (botellones masivos, paellas).
La sumisión de la fuerza de trabajo a las nuevas condiciones de explotación, éste parece ser el programa educativo a seguir y para el que la masa estudiantil reserva una ausencia total de crítica.
El problema educativo viene de largo y se remonta probablemente a la infancia, a partir de ahí se convertirá en un programa para adiestrar ciudadanos sumisos, sin capacidad de crítica, evaluados a partir de un sistema de de premio-castigo que solo valorará la capacidad de vomitar datos.
El nivel cultural tan pobre del universitario medio, y su generalizada desmotivación por todo aquello que no esté relacionado con el ocio consumista son consecuencias directas de este adoctrinamiento, y no como quieren hacernos creer los medios de un problema congénito del joven y ocioso estudiante.
La premisa que debemos tener en cuenta es que el estudiante no deja de ser parte fundamental en el ámbito de la producción, y es parte esencial del ámbito de la reproducción como consumidor de conocimientos e ideología disfrazada de ciencia que perpetúa a toda una clase intelectual en sus cómodas cátedras.
Los estudiantes además, saben perfectamente cuáles son las contradicciones que surgen en su vida cotidiana. Sus problemas económicos de supervivencia , la dependencia enfermiza del poder paterno, la pobreza de sus relaciones personales y el desplazamiento de la sexualidad hacia las imágenes mediatizadas de un sexo utilizado como mercancía, la pérdida de sentido de asistir a las clases para escuchar lo que alguien dice que otro dijo que dijeron que uno escribió.
viernes, 30 de mayo de 2008
La locura de un siglo alienadamente cuerdo
La cordura es un tipo de locura cobarde que se parapeta tras la idea de la razón para justificar los actos más irreflexivos de la condición humana.
Si hablo de locura, en su sentido más amplio, lo hago para tomar una postura ideológica respecto al “desorden o enfermedad mental”. Desorden que brota como una consecuencia de las condiciones de vida que de propician bajo un régimen determinado.
El camino más frecuentado que se recorre en la explicación de la enfermedad mental va de los desequilibrios de la personalidad a las consecuencias sociales de ésta. Hablaré aquí del recorrido contrario de las condiciones de un orden social determinado, a los desequilibrios de la personalidad.
No es necesario ser muy listo para observar que este orden social produce graves efectos sobre la salud psicológica de sus individuos , la inseguridad cada vez mayor en el trabajo y a la degradación de éste provocan cada vez mayores índices de depresión crónica, de rupturas familiares, de suicidio, de violencia doméstica, de malos tratos infantiles y de comportamiento antisocial.
La locura no puede analizarse independientemente de las condiciones sociales en las que aparece, tal y como pretende la psiquiatría de carácter más biológico.
Para la ciencia ha sido necesario clarificar y analizar los comportamientos desordenados para tratarlos y hacerlos comulgar con una rueda gigantesca que produce para consumir, generando nuevas necesidades y nuevas ansiedades. En este contexto la locura no es simpática, No se puede aceptar porque genera un reflejo cóncavo de la psiquis del burgués. Lo mejor es etiquetar a otro y encerrarlo evitando, en la medida de lo posible, su contemplación. La fe en el trabajo, la abnegación y el sacrificio como formas de acceso al mundo, no puede admitir los que se salen de la norma haciéndose los locos. Que no son utilizables en el ámbito de la producción y que pueden llegar a suponer una amenaza violenta; La frontera de este mundo se reproduce en los muros de los manicomios, instituciones totales, como las cárceles, que acumulan los deshechos de un sistema implacable.
Esta postura se vistió en su momento con un cientificismo que la legitimaba, igual que hicieran los teóricos racistas con sus mediciones antropométricas para justificar el colonialismo y la exclusión del concepto de lo humano de quienes serían la mano de obra barata. De igual forma, la institución psiquiátrica instaura el dogma de la enfermedad mental que le pone un límite a la locura.
Se puede admitir cierto grado de excentricidad, siempre y cuando no se quede fuera del contrato social.
El manicomio en lo práctico no busca la salida de los internos, sino que reproduce las condiciones para sostener determinada población cautiva, dependiente de una pequeña burocracia de la salud mental. En estos centros la voluntad es anulada ya que el diagnóstico es inapelable y definitivo: el enfermo mental se convierte en una categoría y la locura ya no es una conducta más o menos molesta, sino que adquiere el rango de patología diagnosticada, susceptible de ser erradicada con los métodos científicos que la sociedad industrial desarrolla. Las prácticas represivas de la psiquis pasan por los choques biológicos, los psicofármacos, las descargas eléctricas, las lobotomías, un demencial empeño en someter las variaciones perceptivas a los criterios dogmáticos de una ciencia que ya no responde ni ante Dios ni ante los hombres, sólo ante sí misma.
Normal y patológico
Si vamos a hablar de locura, habría que determinar de una vez por todas qué es lo normal y que es lo patológico, después de haber estudiado psicología de la anormalidad la frontera parece haberse difuminado un poco. Lo que trato de decir es que hay siempre una relación de poder de quien examina respecto del examinado. La ciencia psicológica aceptó esta microestructura del poder que cristaliza en la relación médico-paciente y a partir de ella construyó el conocimiento científico de la mente humana y sus desórdenes.
La sistematización de todo este conocimiento de las enfermedades mentales, vino aparejada al desarrollo masivo de la economía capitalista.
En 1952 la Asociación Psiquiátrica Americana publicó el Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales. Paulatinamente, las siguientes versiones de este manual (DSM-IV) fueron reemplazando las tesis psicoanalíticas por una corriente neokraepeliana (por Kraepelin), con una teoría de base biológico-determinista.
Llegando a concebir en 1980, el giro hacia la psiquiatría biológica se había completado.
No es casual que estas fechas coincidan con el desarrollo de las políticas neoliberales en EEUU. Como forma de tomarlas riendas de la situación mundial y desplazar así el eje del poder de la vieja Europa. La búsqueda de la esencia biológica de la enfermedad entronca perfectamente con las tesis racistas y conservadoras de estos gobiernos. Su voluntad de totalidad imperial en cuanto al control de la psique, es correlativa a las recetas universales sobre la economía mundial. Es necesario, a toda costa, poder fijar unos límites naturales a la locura. Límites que habían sido relativizados tanto por las interpretaciones psicoanalíticas como por los acontecimientos históricos tras la Primera Guerra Mundial
Este cambio de lógica consiste en convertir los problemas cotidianos en categorías diagnósticas. El caso es que de 106 categorías diagnosticadas del DSM-I y 182 del DSM-II, se pasó a 265 en el DSM-III y 297 en el DSM-IV. Si se tiene en cuenta que en 1880 había del orden de unas ocho categorías, el “progreso” es notable.
¿Cuáles son los intereses a los que responde en realidad el DSM?:
1. La legitimación de la psiquiatría como especialidad médica.
2. El sistema de terceros pagadores por tratamientos psicoterapéuticos.
3. La promoción de medicamentos. (La historia de la psiquiatría pasa hoy día por la historia de las empresas farmacéuticas).
4. Las alianzas a favor de la enfermedad mental. La culpa es del cerebro. Se trata de sacar de toda posible discusión la importancia de la sociedad como posible causa del sufrimiento humano.
Se profesa una adhesión al modelo de enfermedad sin que haya una evidencia que obligara a ello, La paradoja es que la visión de que la enfermedad mental debe tener causas biológicas es una construcción cultural. Que lógicamente tiene sus instituciones que la hacen valer. Destaco aquí, por su gran influencia política, la Nacional Alliance For the Mentally Ill (NAMI) y la CHADD. El motivo central de estas asociaciones es sostener que las enfermedades mentales son alteraciones del cerebro y se oponen a cualquier consideración que las vincule con alguna consideración relativa al desarrollo al psicosocial. Ni falta hace decir que están financiadas por los grandes laboratorios y que éstos tienen también gran peso en los libros académicos utilizados en la universidad.
A pesar de que no se conocen las causas fisiológicas de ningún diagnóstico, la psicofarmacología no se priva de crear “modelos de enfermedad” para diagnósticos psiquiátricos. De esta manera, una curiosa circularidad invade la Psicología Clínica, consistente en la proliferación de “enfermedades” que son “modeladas” por los efectos de los medicamentos que las tratan. Si por ejemplo, un medicamento eleva la serotonina en los tubos de ensayo, entonces se dice presuntuosamente que los pacientes ayudados por la medicación deben tener déficit de serotonina aun careciendo de prueba científica para la idea. La estrategia es escuchar al fármaco.
Para concluir quiero dejar caer una reflexión que todos deberíamos plantearnos, quizás sería mas sabio, aprenderíamos más, si en lugar de temer a la locura, tratando de encerrarla y en definitiva, demonizarla, la restituyéramos en nuestra vida.
Seamos consecuentes: si soportamos la realidad en la que vivimos, si aun así somos capaz de la risa y la tristeza, del amor y del odio, significa que algún de locura estamos dispuestos a soportar. Deberíamos encontrar regiones luminosas de autoconocimiento de nuestra propia locura, de capacidad para asumirla y proyectarla como potencia de cambio en nuestra vida. Como un impulso de energía en la dirección correcta. Dejemos que se abran las puertas de nuestra locura para dialogar cara a cara con ella. Mientras el mundo arda, los endemoniados, los idiotas, los locos, seguiremos bailando alrededor del fuego.
Si hablo de locura, en su sentido más amplio, lo hago para tomar una postura ideológica respecto al “desorden o enfermedad mental”. Desorden que brota como una consecuencia de las condiciones de vida que de propician bajo un régimen determinado.
El camino más frecuentado que se recorre en la explicación de la enfermedad mental va de los desequilibrios de la personalidad a las consecuencias sociales de ésta. Hablaré aquí del recorrido contrario de las condiciones de un orden social determinado, a los desequilibrios de la personalidad.
No es necesario ser muy listo para observar que este orden social produce graves efectos sobre la salud psicológica de sus individuos , la inseguridad cada vez mayor en el trabajo y a la degradación de éste provocan cada vez mayores índices de depresión crónica, de rupturas familiares, de suicidio, de violencia doméstica, de malos tratos infantiles y de comportamiento antisocial.
La locura no puede analizarse independientemente de las condiciones sociales en las que aparece, tal y como pretende la psiquiatría de carácter más biológico.
Para la ciencia ha sido necesario clarificar y analizar los comportamientos desordenados para tratarlos y hacerlos comulgar con una rueda gigantesca que produce para consumir, generando nuevas necesidades y nuevas ansiedades. En este contexto la locura no es simpática, No se puede aceptar porque genera un reflejo cóncavo de la psiquis del burgués. Lo mejor es etiquetar a otro y encerrarlo evitando, en la medida de lo posible, su contemplación. La fe en el trabajo, la abnegación y el sacrificio como formas de acceso al mundo, no puede admitir los que se salen de la norma haciéndose los locos. Que no son utilizables en el ámbito de la producción y que pueden llegar a suponer una amenaza violenta; La frontera de este mundo se reproduce en los muros de los manicomios, instituciones totales, como las cárceles, que acumulan los deshechos de un sistema implacable.
Esta postura se vistió en su momento con un cientificismo que la legitimaba, igual que hicieran los teóricos racistas con sus mediciones antropométricas para justificar el colonialismo y la exclusión del concepto de lo humano de quienes serían la mano de obra barata. De igual forma, la institución psiquiátrica instaura el dogma de la enfermedad mental que le pone un límite a la locura.
Se puede admitir cierto grado de excentricidad, siempre y cuando no se quede fuera del contrato social.
El manicomio en lo práctico no busca la salida de los internos, sino que reproduce las condiciones para sostener determinada población cautiva, dependiente de una pequeña burocracia de la salud mental. En estos centros la voluntad es anulada ya que el diagnóstico es inapelable y definitivo: el enfermo mental se convierte en una categoría y la locura ya no es una conducta más o menos molesta, sino que adquiere el rango de patología diagnosticada, susceptible de ser erradicada con los métodos científicos que la sociedad industrial desarrolla. Las prácticas represivas de la psiquis pasan por los choques biológicos, los psicofármacos, las descargas eléctricas, las lobotomías, un demencial empeño en someter las variaciones perceptivas a los criterios dogmáticos de una ciencia que ya no responde ni ante Dios ni ante los hombres, sólo ante sí misma.
Normal y patológico
Si vamos a hablar de locura, habría que determinar de una vez por todas qué es lo normal y que es lo patológico, después de haber estudiado psicología de la anormalidad la frontera parece haberse difuminado un poco. Lo que trato de decir es que hay siempre una relación de poder de quien examina respecto del examinado. La ciencia psicológica aceptó esta microestructura del poder que cristaliza en la relación médico-paciente y a partir de ella construyó el conocimiento científico de la mente humana y sus desórdenes.
La sistematización de todo este conocimiento de las enfermedades mentales, vino aparejada al desarrollo masivo de la economía capitalista.
En 1952 la Asociación Psiquiátrica Americana publicó el Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales. Paulatinamente, las siguientes versiones de este manual (DSM-IV) fueron reemplazando las tesis psicoanalíticas por una corriente neokraepeliana (por Kraepelin), con una teoría de base biológico-determinista.
Llegando a concebir en 1980, el giro hacia la psiquiatría biológica se había completado.
No es casual que estas fechas coincidan con el desarrollo de las políticas neoliberales en EEUU. Como forma de tomarlas riendas de la situación mundial y desplazar así el eje del poder de la vieja Europa. La búsqueda de la esencia biológica de la enfermedad entronca perfectamente con las tesis racistas y conservadoras de estos gobiernos. Su voluntad de totalidad imperial en cuanto al control de la psique, es correlativa a las recetas universales sobre la economía mundial. Es necesario, a toda costa, poder fijar unos límites naturales a la locura. Límites que habían sido relativizados tanto por las interpretaciones psicoanalíticas como por los acontecimientos históricos tras la Primera Guerra Mundial
Este cambio de lógica consiste en convertir los problemas cotidianos en categorías diagnósticas. El caso es que de 106 categorías diagnosticadas del DSM-I y 182 del DSM-II, se pasó a 265 en el DSM-III y 297 en el DSM-IV. Si se tiene en cuenta que en 1880 había del orden de unas ocho categorías, el “progreso” es notable.
¿Cuáles son los intereses a los que responde en realidad el DSM?:
1. La legitimación de la psiquiatría como especialidad médica.
2. El sistema de terceros pagadores por tratamientos psicoterapéuticos.
3. La promoción de medicamentos. (La historia de la psiquiatría pasa hoy día por la historia de las empresas farmacéuticas).
4. Las alianzas a favor de la enfermedad mental. La culpa es del cerebro. Se trata de sacar de toda posible discusión la importancia de la sociedad como posible causa del sufrimiento humano.
Se profesa una adhesión al modelo de enfermedad sin que haya una evidencia que obligara a ello, La paradoja es que la visión de que la enfermedad mental debe tener causas biológicas es una construcción cultural. Que lógicamente tiene sus instituciones que la hacen valer. Destaco aquí, por su gran influencia política, la Nacional Alliance For the Mentally Ill (NAMI) y la CHADD. El motivo central de estas asociaciones es sostener que las enfermedades mentales son alteraciones del cerebro y se oponen a cualquier consideración que las vincule con alguna consideración relativa al desarrollo al psicosocial. Ni falta hace decir que están financiadas por los grandes laboratorios y que éstos tienen también gran peso en los libros académicos utilizados en la universidad.
A pesar de que no se conocen las causas fisiológicas de ningún diagnóstico, la psicofarmacología no se priva de crear “modelos de enfermedad” para diagnósticos psiquiátricos. De esta manera, una curiosa circularidad invade la Psicología Clínica, consistente en la proliferación de “enfermedades” que son “modeladas” por los efectos de los medicamentos que las tratan. Si por ejemplo, un medicamento eleva la serotonina en los tubos de ensayo, entonces se dice presuntuosamente que los pacientes ayudados por la medicación deben tener déficit de serotonina aun careciendo de prueba científica para la idea. La estrategia es escuchar al fármaco.
Para concluir quiero dejar caer una reflexión que todos deberíamos plantearnos, quizás sería mas sabio, aprenderíamos más, si en lugar de temer a la locura, tratando de encerrarla y en definitiva, demonizarla, la restituyéramos en nuestra vida.
Seamos consecuentes: si soportamos la realidad en la que vivimos, si aun así somos capaz de la risa y la tristeza, del amor y del odio, significa que algún de locura estamos dispuestos a soportar. Deberíamos encontrar regiones luminosas de autoconocimiento de nuestra propia locura, de capacidad para asumirla y proyectarla como potencia de cambio en nuestra vida. Como un impulso de energía en la dirección correcta. Dejemos que se abran las puertas de nuestra locura para dialogar cara a cara con ella. Mientras el mundo arda, los endemoniados, los idiotas, los locos, seguiremos bailando alrededor del fuego.
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